Cuaresma – Pascua 2020 

«Sus heridas nos han curado»

Estimados hermanos:

Desde el Secretariado de Liturgia proponemos como lema para vivir el tiempo fuerte de Cuaresma y la alegría pascual: “Sus heridas nos han curado” (1Pe 2,24). La renovación personal y comunitaria que en este tiempo de gracia se nos ofrece es una oportunidad también para profundizar en la llamada que nuestro Plan Pastoral nos propone: salir al encuentro de nuestros hermanos heridos como el Buen Samaritano. 

El cartel, que reproduce una obra de M. Rupnik, nos presenta la imagen del Buen Samaritano que se hace cargo de su hermano herido. Nos es difícil diferenciar los rostros, que presentan, además, una semejanza con el rostro del Señor Jesús. Es que Jesús ha pasado primero por la prueba: “Nosotros le estimamos leproso, herido de Dios y humillado. Él soportó nuestras rebeliones, fue traspasado por nuestros crímenes” (Is 53, 4-5). El

Siervo de Yahveh nos muestra sus heridas gloriosas en Él al mismo tiempo que nos sana las nuestras. En el servicio a nuestros hermanos, que es servicio al mismo Cristo, el Señor nos va sanando. Creemos que el cartel y el lema, en conexión con el Plan Diocesano, nos plantean una dimensión que podemos aprovechar para vivir intensamente este tiempo litúrgico .


2020, Año de la Palabra de Dios 

Todo el Año 2020 será año de la Palabra de Dios, en coincidencia con la recordación de los 50 años de la Federación Bíblica Católica y los 1600 años de la muerte de San Jerónimo, gran traductor de la Biblia.

Como fruto del discernimiento de los Obispos, queremos convocar a todos los fieles católicos del Paraguay, a inaugurar el “Año de la Palabra de Dios”. En la gran fiesta de la Virgen de Caacupé, junto a Ella que escuchó y acogió el Verbo que se hizo carne, queremos comenzar juntos el año pastoral dedicado a la Palabra de Dios.

El año 2020 incluye la feliz recordación de los 50 años de la Federación Bíblica Católica y los 1600 años de la muerte de San Jerónimo, traductor de la Biblia, quien nos advierte que “el desconocimiento de la Escritura, es desconocimiento de Jesucristo”. Nos alegra y motiva este tiempo de gracia en que nuestra Iglesia vuelve a fortalecer su amor a la Palabra y concentra su mirada en la Sagrada Escritura que alimenta nuestro espíritu y nos introduce en la sabiduría divina.

Invitamos a todo el pueblo, todas las parroquias y capillas, todos los grupos y movimientos y a las familias a abrir la Biblia, leer juntos algunos pasajes de la Palabra de Dios y compartir lo que el Espíritu Santo les inspira. La lectio divina realizada de esta manera nos hará arder el corazón y será fuente de vida y compromiso cristiano. ¡Que cada familia tenga una Biblia! ¡Que resuene cada día la Palabra de Dios en todas partes! ¡Que se la anuncie para todos! ¡Para los lejanos y para los que han perdido el entusiasmo de la fe, para la gente sencilla y para los ilustrados; en las cárceles, en el campo, en las oficinas, en las plazas, en las instituciones educativas y en las diversas comunidades eclesiales, en las empresas y en las instituciones públicas!

El camino de los discípulos de Emáus ha sido siempre para la Iglesia un ícono de su propio camino. Ante los muchos desafíos de la misión, necesitamos volver a avivar el fuego, que sólo Cristo es capaz de encender en los corazones de los discípulos. Por eso, el lema de este Año de la Palabra, tiempo de Gracia, recuerda la experiencia de aquellos jóvenes discípulos del Señor: “Nos ardía el corazón, cuando nos explicaba las Escrituras” (cf. Lucas 24, 32).


Plan Diocesano de Pastoral 2019-2020

Iniciábamos nuestro Plan Diocesano de Pastoral en el año 2015 con el Lema: “La Diócesis de Canarias en Conversión Pastoral y en Salida Misionera” y como subtítulo “Jesús y su Evangelio nos cambian, nos reúnen y nos envían”.
Ha sido un recorrido con sus luces y sus sombras según las distintas situaciones de las Parroquias y de los Arciprestazgos, pero que ha servido para marcar una línea de trabajo o dirección común en toda la Diócesis. 

En este tiempo hemos estado profundizando en las tres dimensiones básicas de nuestra fe: el encuentro personal con el Señor, la vivencia comunitaria y la misión como tarea inherente a todo cristiano en razón de su bautismo.

El curso pasado estuvimos trabajando la dimensión misionera, con el lema: “Laicos para la misión”, concretando nuestra reflexión en cinco grandes retos que nos preocupan en estos momentos: La Soledad de las Personas - La Familia - La Juventud - La Pobreza, Marginación y Exclusión - La Sociedad y Cultura.
Una vez que hemos tomado conciencia de esa tarea misionera tenemos que dar los pasos oportunos para encontrar caminos y medios que nos ayuden a llevarla a la práctica. Para ello, hemos encontrado un pasaje evangélico que nos va a servir de referencia para el Plan Diocesano de Pastoral de este curso 2019-2020: la Parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).
Esta parábola nos dice de forma muy sencilla como tiene que ser nuestra tarea misionera. El curso pasado decíamos “Laicos para la misión” y definíamos el perfil del laico que necesitamos para llevar adelante esa tarea. Creemos que esta parábola nos ayuda a descubrir cómo tenemos que hacerla.
Cuando le preguntan a Jesús: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley?¿Qué lees en ella?”. Él respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”
Y cuando le preguntan “¿Quién es el prójimo?” la respuesta es clara: el próximo, el inmediato, cualquier persona concreta que nos encontramos en el camino de la vida, con sus alegrías y sus tristezas, con sus gozos y sus angustias. A esa persona concreta tenemos que encontrarla en el camino, compadecernos, sanar sus heridas y llevarla a la posada”.
Este texto es un ejemplo más “del estilo pastoral de Jesús”,de los procesos que seguía con las personas, de la forma como las trataba, de sus actitudes y gestos hacia ellos, tanto hacia los que se acercaban espontáneamente a Él, como a los que Él buscaba en el camino.
En este texto de Lucas destacan 4 verbos que han de orientar nuestra tarea pastoral y nos darán pistas muy concretas para avanzar y llevar a la práctica la conversión pastoral y la salida misionera, tal y como nos pide el Papa Francisco y que es el objetivo de Plan Pastoral de nuestra Diócesis (2015-2020)
Jesús, con la Parábola del Buen Samaritano, nos invita a salir al camino de la vida, a compadecernos con las heridas de nuestra gente, a sentirnos sensibles ante ellos, a sanar sus heridas, a acompañarlos en su realidad y a llevarlos a la posada, es decir a la comunidad (como hizo el samaritano con el que se encontró en el camino.)
Por eso, el Lema para este curso 2019 – 2020 es: 

“Sanó sus heridas y lo llevó a la posada". "Anda, haz tú lo mismo" 

Este lema quiere ser la aplicación y puesta en práctica del compromiso asumido por todos en el pasado Pentecostés (junio de 2019), en donde salíamos desde nuestra Catedral a la Plaza de Santa Ana, para hacer realidad el compromiso de ser Luz y Sal con los que nos encontráramos en el camino. Por ello, en este curso queremos conjugar juntos estos cuatro verbos para así responder a los retos que trabajamos el pasado curso.

Más información en la web de la Diócesis de Canarias

Lo dice el Papa:

Angelus del 22 de marzo: 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


El tema de la luz ocupa el centro de la liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma. El Evangelio (cfr. Juan 9,1-41) nos cuenta el episodio de un hombre ciego de nacimiento, al que Jesús le devuelve la vista. Este signo milagroso es la confirmación de la declaración de Jesús que dice de Sí mismo: «Soy la luz del mundo» (v. 5), la luz que ilumina nuestras tinieblas. Así es Jesús, irradia su luz en dos niveles, uno físico y uno espiritual: primero, el ciego recibe la vista de los ojos y, luego, es conducido a la fe en el «Hijo del hombre» (v. 35), es decir, en Jesús. Es un itinerario. Sería bonito que hoy tomaseis todos vosotros el Evangelio de San Juan, capítulo nueve, y leyeseis este pasaje: es tan bello y nos hará tanto bien leerlo otra vez, o incluso dos veces. Los prodigios que Jesús lleva a cabo no son gestos espectaculares, sino que tienen la finalidad de conducir a la fe a través de un camino de transformación interior.


Los doctores de la ley —que estaban allí, un grupo de ellos— se obstinan en no admitir el milagro, y hacen preguntas maliciosas al hombre curado. Pero él los desconcierta con la fuerza de la realidad: «Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo» (v. 25). Entre la desconfianza y la hostilidad de los que lo rodean y lo interrogan incrédulos, él recorre un itinerario que lo lleva poco a poco a descubrir la identidad de Aquél que le ha abierto los ojos y a confesar su fe en Él. Al principio cree que es un profeta (cfr. v. 17); luego lo reconoce como a alguien que viene de Dios (cfr. v. 33); finalmente, lo acepta como el Mesías y se postra ante Él (cfr. vv. 36-38). Ha entendido que, dándole la vista, Jesús ha “manifestado las obras de Dios” (cfr. v. 3).


¡Ojalá tengamos nosotros esta experiencia! Con la luz de la fe, aquél que era ciego descubre su nueva identidad. Es, ahora, una “nueva criatura”, capaz de ver su vida y el mundo que lo rodea con una nueva luz, porque ha entrado en comunión con Cristo, ha entrado en otra dimensión. Ya no es un mendigo marginado por la comunidad; ya no es esclavo de la ceguera y los prejuicios. Su camino de iluminación es una metáfora del camino de liberación del pecado al que estamos llamados. El pecado es como un oscuro velo que cubre nuestro rostro y nos impide ver con claridad tanto a nosotros como al mundo; el perdón del Señor quita esta capa de sombra y tiniebla y nos da una nueva luz. Que la Cuaresma que estamos viviendo sea un tiempo oportuno y valioso para acercarnos al Señor, pidiendo su misericordia, en las diversas formas que nos propone la Madre Iglesia.


El ciego curado, que ahora ve, sea con los ojos del cuerpo que con los del alma, es una imagen de cada bautizado que, inmerso en la Gracia, ha sido arrebatado a las tinieblas y puesto bajo la luz de la fe. Pero no es suficiente recibir la luz: hay que convertirse en luz. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, es el “misterio de la luna”, porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el “misterio de la luna”: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor. San Pablo nos lo recuerda hoy: «Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Efesios 5, 8-9). La semilla de la nueva vida puesta en nosotros en el Bautismo es como la chispa de un fuego, que a los primero que purifica es a nosotros, quemando el mal que llevamos en el corazón, y nos permite que brillemos e iluminemos con la luz de Jesús.


Que María Santísima nos ayude a imitar al hombre ciego del Evangelio, para que así podamos inundarnos con la luz de Cristo y encaminarnos con Él por el camino de la salvación.

 
Después del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:


En estos días de prueba, mientras la humanidad tiembla ante la amenaza de la pandemia, querría proponer a todos los cristianos que unan sus voces hacia el Cielo. Invito a todos los Jefes de las Iglesias y a los líderes de todas las comunidades cristianas, junto con todos los cristianos de las diferentes confesiones, a invocar al Altísimo, Dios omnipotente, rezando al mismo tiempo la oración que Jesús Nuestro Señor nos enseñó. Invito, por tanto, a todos a hacerlo varias veces al día, pero, todos juntos, a rezar el Padre Nuestro el próximo miércoles 25 de marzo a mediodía, todos juntos. Que, en el día en el que muchos cristianos recuerdan el anuncio a la Virgen María de la Encarnación del Verbo, el Señor escuche la oración unánime de todos sus discípulos que se preparan para celebrar la victoria de Cristo Resucitado.


Con la misma intención, el próximo viernes 27 de marzo, a las 18 horas, presidiré un acto de oración en el parvis de la basílica de San Pedro, con la plaza vacía. Desde ahora invito a todos a participar espiritualmente mediante los medios de comunicación. Escucharemos la Palabra de Dios, elevaremos nuestra súplica, adoraremos al Santísimo Sacramento, con el que, al final daré la bendición Urbi et Orbi, a la que se unirá la posibilidad de recibir la indulgencia plenaria.


A la pandemia del virus queremos responder con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura. Permanezcamos unidos. Hagamos sentir nuestra cercanía a las personas más solas y más probadas. Nuestra cercanía a los médicos, a los profesionales de la salud, enfermeros y enfermeras, voluntarios… Nuestra cercanía a las autoridades que deben tomar medidas duras, pero para nuestro bien. Nuestra cercanía a los policías, a los soldados que buscan mantener el orden en las calles, para que se cumpla lo que el gobierno nos pide que hagamos por el bien de todos nosotros. Cercanía a todos.


Expreso mi cercanía a las poblaciones de Croacia que han sufrido esta mañana un terremoto. Que el Señor les dé fuerza y solidaridad para afrontar esta calamidad.


Y no os olvidéis: hoy, tomad el Evangelio y leed tranquilamente, lentamente, el capítulo nueve de San Juan. Yo también lo voy a hacer. Nos hará bien a todos.


Y os deseo a todos un buen domingo. No os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Audiencia General del 18 de marzo:   

Catequesis sobre las bienaventuranzas: 6. Bienaventurados los misericordiosos

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

 

Hoy hablaremos de la quinta bienaventuranza, que dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán misericordia» (Mt 5,7). En esta bienaventuranza hay una particularidad: es la única en la que coinciden la causa y el fruto de la felicidad, la misericordia. Los que ejercen la misericordia encontrarán misericordia, serán “misericordiados”.

 

Este tema de la reciprocidad del perdón no sólo está presente en esta bienaventuranza, sino que es recurrente en el Evangelio. ¿Y cómo podría ser de otra manera? ¡La misericordia es el corazón mismo de Dios! Jesús dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,37). Siempre la misma reciprocidad. Y la Carta de Santiago afirma que «la misericordia se siente superior al juicio» (2,13).

 

Pero sobre todo es en el Padrenuestro donde pedimos: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12); y esta petición es la única que se recoge al final: «Porque si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2838).

 

Hay dos cosas que no se pueden separar: el perdón dado y el perdón recibido. Pero para muchas personas es difícil, no pueden perdonar. Muchas veces el mal recibido es tan grande que ser capaz de perdonar parece como escalar una montaña muy alta: un esfuerzo enorme; y uno piensa: no se puede, esto no se puede. Este hecho de la reciprocidad de la misericordia indica que necesitamos invertir la perspectiva. Solos no podemos, hace falta la gracia de Dios, tenemos que pedirla. Porque si la quinta bienaventuranza promete que se encontrará la misericordia y en el Padrenuestro pedimos el perdón de las deudas, significa que somos esencialmente deudores y necesitamos encontrar misericordia.

 

Todos somos deudores. Todos. Con Dios, que es tan generoso, y con nuestros hermanos. Toda persona sabe que no es el padre o la madre que debería ser, el esposo o la esposa, el hermano o la hermana que debería ser. Todos estamos “en déficit” en la vida. Y necesitamos misericordia. Sabemos que también nosotros hemos obrado mal, siempre le falta algo al bien que deberíamos haber hecho.

 

¡Pero precisamente esta pobreza nuestra se convierte en la fuerza para perdonar! Somos deudores, y si, como hemos escuchado al principio, se nos medirá con la medida con la que medimos a los demás (cf. Lc 6,38), entonces nos conviene ensanchar la medida y perdonar las deudas, perdonar. Cada uno debe recordar que necesita perdonar, que necesita perdón y que necesita paciencia; este es el secreto de la misericordia: perdonando se es perdonado. Por eso Dios nos precede y nos perdona primero (cf. Rom 5,8). Recibiendo su perdón, nosotros a nuestra vez nos volvemos capaces de perdonar. Así, nuestra miseria y nuestra falta de justicia se convierten en oportunidades para abrirnos al Reino de los cielos, a una medida más grande, la medida de Dios, que es misericordia.

 

¿De dónde viene nuestra misericordia? Jesús nos dijo: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).Cuanto más se acepta el amor del Padre, más se ama (cf. CIC, 2842). La misericordia no es una dimensión entre otras, sino el centro de la vida cristiana: no hay cristianismo sin misericordia[1]. Si todo nuestro cristianismo no nos lleva a la misericordia, nos hemos equivocado de camino, porque la misericordia es la única meta verdadera de todo camino espiritual. Es uno de los frutos más bellos de la caridad (CIC, 1829).

 

Recuerdo que este tema fue el elegido desde el primer Ángelus que tuve que decir como Papa: la misericordia. Y se me quedó grabado, como un mensaje que como Papa debía dar siempre, un mensaje que debe ser cotidiano: la misericordia. Recuerdo que ese día también tuve la actitud algo “desvergonzada” de hacer publicidad a un libro sobre la misericordia, recién publicado por el cardenal Kasper. Y ese día sentí con tanta fuerza que ese es el mensaje que debo dar, como obispo de Roma: misericordia, misericordia, por favor, perdón.

 

La misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Vivimos de misericordia y no podemos permitirnos estar sin misericordia: es como el aire que respiramos. Somos demasiado pobres para poner las condiciones, necesitamos perdonar, porque necesitamos ser perdonados. ¡Gracias!

 

[1] cfr. San Juan Pablo II Enc. Dives in misericordia  (30 de noviembre de 1980); Bula Misericordiae Vultus (11 de abril de 2015); Cart. Apostólica Misericordia et misera (20 de noviembre de 2016).

 
Saludos:

 

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, que siguen esta catequesis a través de los medios de comunicación. Pidamos al Señor que, en este momento particularmente difícil para todos, podamos redescubrir dentro de nosotros su Presencia que nos ama y nos sostiene, y de ese modo ser portadores de su ternura a cuantos nos rodean, con obras de cercanía y de bien. Que Dios los bendiga.

 

Web de la Santa Sede

Descargue la exhortación apostólica Amoris Laetitia en formato pdf haciendo click aquí (32 Mb).